Hijo, el perro ha muerto

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Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a la idea de retomar el blog. Lo que pasa es que el hombre propone, Dios dispone y unas veces por falta de tiempo, otras por pereza y otras, las más, por no tener nada que decir, la cosa se había ido prolongando en el tiempo. Sin embargo, y gracias a Telecinco, esta vez no me he podido resistir. La cadena amiga se hacía eco en su web y a través de las redes sociales de los consejos que una doctora en psicología infantil da a los padres para que expliquen a los niños el fallecimiento de su perro o mascota. Como si la muerte necesitar explicación.

Lynnes D´Arcy, que así se llama la reputada especialista, recomienda a los progenitores comentar la noticia a los niños “en un lugar donde estén solos y se sientan cómodos y seguros”. La doctora señala además que, si los niños no son lo suficientemente “maduros” hay que evitar palabras como muerte o morir y que si el cánido perece tras una enfermedad hay que preparar al infante progresivamente, alabando además las virtudes y el buen hacer de los veterinarios.

Por resumir la intención de la psicóloga, lo que intenta es dar un paso más para sumergir a los niños de ahora en esa burbuja en la que la sociedad ya les tiene encerrados, en un vano intento por evitar que descubran por ellos mismos el mundo del que están rodeados. En una época no muy lejana, los infantes vivían en una comunidad social en la que las personas se morían, los animales eran eso, mascotas y animales, los malos eran malos y los profesores eran la indiscutible autoridad. Pobre del que llegara a casa clamando contra el maestro, puesto que sabía que el castigo no solo no disminuiría, sino que iría en aumento.

Ahora la sobreprotección de una sociedad enferma ha llevado a que el alumno tenga preeminencia sobre el docente, a que los animales tengan más derechos que muchos humanos y a ocultar aspectos de un mundo lleno de cabrones que matan, mueren, hieren y, a veces, hacen de la vida de los demás un imposible. Por rizar el rizo, los parques infantiles están acolchados, por lo que los niños del siglo XXI no disfrutarán del agua oxigenada sobre una rodilla en carne viva después de caer sobre grava mientras jugaban al fútbol, al escondite o a policías y ladrones. Eran otros tiempos.

Lo que docentes, políticos, psicólogos expertos y padres en general no saben es que los niños no son gilipollas. Al revés, serán los más preparados de la historia porque tienen a su alcance medios que hasta hace pocos años ni se sospechaban. El objetivo es tratarles como a seres normales, que se acostumbres a vivir por sí mismos y a recibir noticias buenas y malas. La muerte de su perro, sin duda una noticia dolorosa, no puede ser tratada como el fin del mundo, sino en corto y por derecho: “Fulanito, el perro ha enfermado y ha muerto. Es ley de vida”. El crío llorará, sufrirá y recordará al cánido de turno como el primero y el más importante de su vida. Y a los pocos días será otra vez feliz. Y punto. Sin rodeos, sin eufemismos, sin dramas. No creo que sea mucho pedir

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