Los primeros héroes

Los toros, por si alguien tiene alguna duda, matan. Los notables avances médicos, la mejora en la seguridad de las plazas de toros y la sucesiva edulcoración en las embestidas del toro han reducido, afortunadamente, la cifra de víctimas en las astas de los cornúpetas casi al mínimo. Sin embargo, en los albores del siglo XX ser figura del toreo equivalía a un más que probable encuentro con la guadaña. Buena parte de ello es la relación de matadores que dejó su vida en post de un sueño que algunos alcanzaron y otros perdieron en el camino. El mérito de estos hombres es mayor, si cabe, si tenemos en cuenta que algunos de estos profesionales convirtieron el toreo en lo que es hoy en día.

Y es que las cuatro primeras décadas de la pasada centuria fueron las más duras del toreo, las más exigentes y en las que más diestros perecieron en la arena. El primero suceso trágico tuvo lugar en Barcelona el 7 de octubre de 1900. “Desertor”, de Miura, acabada con la vida de Domingo del Campo y Álvarez “Dominguín”, que fallecía cinco horas después de la cornada recibida en la región inguinal a la salida de un puyazo.

La primera gran tragedia, sin embargo, llegó con la cornada mortal de Antonio Montes, el torero de los sueños del Belmonte niño. El fallecimiento tuvo lugar en México el 17 de enero de 1907, cuatro días después de que Matajacas, de Tepeyahualco, le prendiera al entrar a matar y le infiriera una cornada que le llegó al ciático.

Los años 20 vieron morir al rey del toreo, el diestro que junto a Belmonte conformó la Edad de Oro de la Tauromaquia y que cambio para siempre el concepto de una profesión. José Gómez Ortega, “Joselito”, “Gallito” o simplemente “el Rey”, perdió la vida el 16 de mayo de 1920 a manos de “Bailaor”, de la Viuda de Ortega, en la plaza de toros de Talavera de la Reina. Tras dominar el escalafón a lo largo de sus 9 años de alternativa, el sevillano había comenzado un declive físico y mental que derivó en la trágica tarde toledana. El astado, negro, chico y con poco trapío, sesgo la vida de uno de los precursores del toreo moderno. Poco pudo hacerse para detener los efectos nocivos de la cornada que perforó los intestinos de Don José.

La conocida como Edad de Plata del toreo también tuvo su parte sangrienta, especialmente en la semana que fue desde el 7 al 13 de mayo de 1992. Manuel Granero, una de las más firmes promesas de la época y aspirante a suceder a Gallito en el trono, fue corneado mortalmente el día 7 por el toro “Pocapena” de Veragua. Con una fulgurante carrera, su estrella se apagó bajo el estribo del tendido 2 de la plaza de toros de la Carretera de Aragón de Madrid, cuando el cornúpeta, cárdeno bragado, le introdujo el pitón por el ojo destrozándole el cráneo.

Seis días después perdía la vida de su amigo Manuel Varé “Varelito”. El diestro sevillano falleció tras una larga agonía la madrugada del día 13, después de que el día 21 de abril “Bombito”, con el hierro del Marqués de Guadalest, le empitonara después de entrar a matar y le destrozara completamente el recto en La Maestranza. De la misma ganadería era el burel que sesgó la existencia de Manuel Baez “Litri” en la plaza de toros de Málaga el 11 de febrero de 1926. La cornada de “Extremeño” en la pierna derecha se tornó en mortal 7 días después.

Los años 30 también comenzaron con el fallecimiento de uno de los más grandes toreros de la época. Francisco Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana” o, como le llamaban sus paisanos, “Curro Puya”, perdió la vida el 14 de agosto de 1931, tras haber perdido 32 kilos y después de una larguísima agonía, debido a las tres cornadas recibidas de “Fandanguero”, con el hierro de Graciliano Pérez Tabernero en el costillar y que le arrastró embistiéndole hasta las tablas de la plaza de toros de Madrid el 31 de mayo. Fue uno de los más cruentos finales para uno de luces.

El destino de los toreros, dicen las malas lenguas, está predestinado desde su nacimiento. Si esto es cierto, el de Ignacio Sánchez Mejías la tarde del 11 de agosto de 1934 tenía signos funestos. Con 43 años y recién regresado a los ruedos, fue llamado a última hora para sustituir en la localidad manchega de Manzanares a Domingo Ortega, que había sufrido un accidente de coche unas horas antes. En un estado de forma deficiente para enfrentarse a un toro bravo, resultó corneado al comenzar la faena por “Granadino”, de Ayala, en la ingle derecha. Las deficientes instalaciones de la enfermería del coso no satisficieron al matador, que fue trasladado a Madrid, donde falleció dos días después. Él, que había estoqueado al toro que acabó con la vida de su cuñado Joselito, ya podía reposar en el mismo panteón del cementerio sevillano de San Fernando. La muerte de Ignacio Sánchez Mejías causo un gran impacto en la sociedad española de la época, puesto que el sevillano era mucho más que un torero famoso.

En época de disfrute y de estar a gusto en la cara del toro, no conviene olvidar la trágica historia de una profesión ligada a la muerte. Y estos son solo pequeños ejemplos, puesto que son innumerables los matadores más modestos, novilleros y banderilleros que se encontraron cara a cara con la guadaña en los primeros años del siglo, los más duros del toreo. Y otros, que lograron esquivarla como el azteca Luis Freg, lo hicieron con 72 cornadas graves en su cuerpo. Literalmente, cosidos a cicatrices.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Noticias, Opinión y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s