24 horas después

Ayer, es indudable, fue un día histórico para el mundo de los toros. José Tomás se encerró en solitario con 6 toros y el resultado fue inmejorable: 11 orejas, un rabo, un toro indultado y medio mundo comentando una corrida que solo pudieron ver unos pocos. Veinticuatro horas después el diestro sigue siendo TT en Twitter y telediarios y periódicos de medio mundo han abierto sus ediciones con el histórico festejo.

Las pocas imágenes y vídeos que existen del acontecimiento muestran a un José Tomás pletórico, más encajado que nunca y meciendo la telas como los ángeles. El primer sentimiento que despiertan los documentos audiovisuales en la envidia, la rabia de no haber ocupado un tendido del coso nimeño para ver el espectáculo o la rabia de no haber podido visionar la corrida por TV. Sin embargo, transcurridas 24 horas la tristeza va ocupando un lugar cada vez más amplio entre las sensaciones que me deja la fecha.

Tristeza, lo primero, por ver que uno de los toreros más grandes de la historia ha cerrado su ¿temporada? con tan solos 3 corridas en el zurrón. Tres festejo, dos de ellos en plazas de Segunda, son un balance pobre, paupérrimo, para alguien que arrastra a las masas allí donde pisa y que tiene en su mano cambiar la historia del toreo.

Y no me vale aquello de que lo mucho aburre. Nadie pide 50 corridas cada año, puesto que el calendario no tiene capacidad para medio centenar de festejos interesantes. No. Se pide, al menos, entre 15 y 20 festejos, toreando en plazas de Primera y no solo en reductos de comodidad. Si lo que ha generado José Tomás en Nimes hubiera ocurrido en Madrid… ¿Alguien puede imaginarse la repercusión que esto tendría?

Luego está el tema del toro. Aquí ya ni siquiera voy a entrar, porque pedir que una figura del toreo se salga de los 4 o 5 hierros preestablecidos es predicar en el desierto. Los argumentos son varios, pero preservar la riqueza natural del campo español debería ser suficiente para que los diestros más poderosos y capaces (con JT a la cabeza) mataran algo más que el encaste Domecq.

Y es que al final la sensación que queda es que el talento está desaprovechado. Lo bonito es ver a Plácido Domingo en el Teatro Real, a Casillas con el Bernabéu lleno o a Bruce Springsteen en el Madison Square Garden, no actuado en plazas de pueblo. Los mejores, en el mejor escenario y ante las pruebas más exigentes. Porque quedarse a medias pudiendo ser el más grande.  

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